1 de diciembre de 2005

RÁBANOS Y HÉROES


En las afueras de Bellvitge (mi barrio de toda la vida, aunque ya no viva allí), en la zona situada tras el célebre y gigantesco Hospital, está la Feixa Llarga. Esos terrenos están actualmente ocupados por un campo de béisbol (o de rugby, nunca lo he sabido a ciencia cierta) y otras instalaciones deportivas. También hay varias fábricas y almacenes, con camiones entrando y saliendo sin parar.
Pero no siempre fue así, Sonámbulos. Desde que yo era un renacuajo, salir de Bellvitge significaba aventurarse en un mar infinito de cultivos. Había que cruzar un gran tubo de cemento para llegar a los huertos. Bajo el tubo circulaba un pequeño arroyo de agua putrefacta y lodo. Si caías abajo no te matabas, apenas había un par o tres de metros de altura, pero era preferible la muerte a pringarse con aquel fango radioactivo. Yo no me atrevía a pasar de pie sobre el tubo, lo hacía a gatas, muy lentamente, o cogido de la fuerte mano de mi padre; en cambio, mi hermano Juaqui cruzaba corriendo, de espaldas o haciendo el pino. No se estaba quieto, el muy cabronazo.
Mi padre necesitaba su huerto. Adoraba plantar tomates, lechugas, rábanos y recoger el fruto (que luego regalaba a los amigotes) de su trabajo. A pesar de su juventud, él había trabajado duramente como jornalero (yo le acompañé en ocasiones. Ya os hablaré de ello algún día), incluso llegó a tener su propia parcela. Pero el campo es criminal, excepto para los terratenientes dueños de grandes hectáreas. Son muchas horas de trabajo agotador bajo un sol de justicia, para luego recibir un sueldo mísero.
El caso es que mi papi siempre tuvo su trocito de tierra cultivable, al menos hasta que tuvo que venderla para darnos de comer (como tuvo que vender su preciada escopeta de caza, sus mejores pájaros con los que había ganado infinidad de trofeos, … cuántas cosas dejó mi padre por el camino, cosas que le apasionaban, su alegría de vivir, por cuidar de su mujer e hijos. Solo os diré, Sonámbulos, que incluso llegó a pintar jilgueros de amarillo para venderlos como canarios, muy cotizados entonces…).
Un buen día, acompañé a mi padre a nuestro pequeño huerto. Mientras el curraba, yo me divertía buscando lagartijas o jugaba con el perro (mi padre, desde siempre, ha tenido motocicleta y perro/a, a ser posible de caza). No lo recuerdo, pero seguro que también se había traído algunos de sus pinzones, en su correspondiente jaula y con la funda verdiblanca del Betis. El caso es que allí estábamos los dos cuando escuchamos un ruido in crescendo, como de moto bastante potente. Efectivamente. Dos energúmenos a lomos de sus motos de trial se divertían destrozando los huertos que encontraban a su paso. Estaban lejos, pero no lo bastante como para no escuchar sus risas. Yo era un crío, estaba acojonado. No tardarían en llegar hasta nuestra posición.
- Papá… creo… creo que vienen hacia aquí…
Mi padre levantó la vista, asió poderosamente su azada y dijo sin inmutarse:
- Que vengan.

Ese era mi padre, Sonámbulos. Murió hace hoy un año, cuando le faltaba un mes para cumplir 59 años.

5 comentarios:

siloam dijo...

Cuanta ternura, intento imaginar esas zonas, cerca del gigantesco hospital...q solamente conozco desde el tren, con parcelas.
Coincidimos en algo, padres de campo de huerto, en ciudad...diciéndole adios al mundo antes de los sesenta.
hasta pronto padres a los q escribimos cartas al aire, cuanto luchaisteis, cuanta ternura , a veces en hombres q intentaban parecer duros.
bicos.

sergisonic dijo...

Considerémonos privilegiados por conocer ese mundo rural (en mi caso, a caballo entre La Rioja y Castellet i la Gornal) que, cada vez más, se explica a través de libros con encuadernaciones de diseño, fotografías en blanco y negro y precios prohibitivos.

Sí señor, maestro sonámbulo: héroes.

sergisonic dijo...

PS: Ry Cooder (el creador de la banda sonora de París, Texas) ha firmado uno de los discos más bonitos y sensibles del año, rememorando la historia de Chávez Ravine, un barrio mexicano en las afueras de Los Ángeles, cuyos ciudadanos recibieron -"un buen día de julio de 1950"- una notificación que les invitaba a abandonar sus tierras, sus casas, sus recuerdos, sus vidas, en pos del progreso, y a cambio de un puñado de dólares: allí, desplazados desde NYC, se construiría el estadio de los Dodgers.

Los héroes de Chávez Ravine resistieron al invasor 9 años.

M. dijo...

Ya te lo dije, qué agreste, qué valiente fue tu padre... Para mí, un luchador por naturaleza. Lo imagino como un samurai que hasta a la fría muerte la enfrentó con honor y coraje. Creo que las últimas líneas reflejan a la perfección el carácter de este gran hombre al que ya nunca podré conocer:
-Que vengan.
Pues eso: que vengan.

Anónimo dijo...

es preciso padecer su ausència para reconocer su calidad de hèroes??
es precisa su ausència..........