19 de marzo de 2005

19 DE MARZO

Hoy es mi primer Día del padre… sin padre. Hoy se cumplen 108 días de su muerte y aún no logro hacerme a la idea de que ya no está. Es una rara sensación. No estoy en una nube, ni en un sueño, claro que no, más bien me siento… en suspenso. No puedo asimilar que a mi familia y a mí nos haya tocado vivir este mal trago.
En fin, con ocasión de éste día tan señalado, aunque sólo sea para el gremio de tiendas y centros comerciales, quisiera hablaros un poco de mi padre. Intentaré no ponerme triste.
Sé que mi papi (así lo bautizó Lucy, mi mujer, y así se quedó) me quería, supongo que más de lo que puedo llegar a imaginar, pero nunca lo escuché de sus labios. Quiero creer que estaba orgulloso de mí, que confiaba a ciegas en que su hijo mayor cumpliría algún día todos sus sueños. No obstante, creer esto no logra borrar cierta amargura que me corroe por no ser el hijo que él hubiera querido tener. Mi papi, entre otras cosas, era cazador, le encantaban los toros, el flamenco, las novelas del oeste, fumaba como un carretero y, más que nada en este mundo, le apasionaba criar pinzones (aves parecidas a los jilgueros) y llevarlos a competir a distintos certámenes pajariles. Ganó docenas de trofeos con ellos, trofeos que no dudaba en regalar a quien se los pedía. Papi era un tío muy generoso, lo poco que tenía te lo daba (aunque él se quedara con el culo al aire, que es lo que solía sucederle). En Bellvitge, su barrio, mi barrio, aunque yo ya no viva allí, todo el mundo le conocía por “Charli”. Es curioso, pero aún no sé de dónde le viene el apodo. Prometo averiguarlo. Como os decía, Sonámbulos, nunca fui el hijo que a él le habría gustado tener. Yo disfrutaba como un cosaco cuando me llevaba de caza (algún día os contaré cómo eran aquellas estupendas excursiones a la naturaleza), pero no comprendía por qué tenían, él y sus amigos, que matar perdices, conejos y jabalíes. Le lloraba y suplicaba para que no lo hiciese, pequeños detalles que le indicaban que no haría de mí un maestro en el arte de la cinegética. Tampoco me gustan los toros, de hecho saltaba de alegría ante él cuando un torero recibía una cornada, lo cual le enfurecía bastante. El flamenco no me gusta nada, ahora lo respeto, pero antes simplemente lo odiaba. Jamás he leído novelas del oeste, a excepción de las pocas que tengo escritas por mi abuelo materno, por razones sentimentales más que literarias. Cuando veía a mi papi leerlas le recriminaba que perdiera el tiempo de aquel modo ¡con la cantidad de buenos libros que yo tenía, literatura de verdad!. “A mí me gustan”. Contra eso nunca hay réplica posible. Yo jamás he fumado un pitillo, pero desde que nací he respirado humo. Papi fumaba desde los catorce años o antes, y eso ha hecho que no cumpliera los sesenta. Lo de las competiciones pajariles, su gran pasión, su vida, diría yo, también os lo explicaré un día. Tiene su coña. Sólo deciros que asistí a docenas y docenas de estas fiestas (más tarde lo harían mis hermanos) y tampoco consiguió contagiarme ese cariño por los pájaros enjaulados (un amor contradictorio, ¿verdad?).
Estas son algunas de las cosas que nos diferenciaban, pero hay otras que nos unían, por supuesto. Pero, si no os importa, Sonámbulos, lo dejamos para otra ocasión. Demasiados recuerdos por hoy.
Te echamos de menos, papi.

1 comentario:

Gam dijo...

Ostras, ese sentimiento de impotencia!. Los recuerdos que no hagan daño.!
Saludos,