11 de febrero de 2005

LA SOMBRA DEL MURCIÉLAGO

Leo en la prensa una noticia que me ha llamado la atención. Se trata de un niño que presenció hace dos años el asesinato de su padre y aún sufre trastornos por el trágico suceso. Por aquel entonces el niño tenía dos años y su padre, portero de una finca de Madrid, fue la victima número uno del asesino de la baraja, un hijoputa con afán de notoriedad. Al ex militar Alfredo Galán, el presunto culpable, se le atribuyen seis muertes más y tres tentativas de homicidio. “Entró un señor que estaba muy enfadado y decía palabrotas” y “Mi padre se cayó y no quiere levantarse”, son algunas de las cosas que entre lágrimas dijo el niño, según declaraciones de su madre. Ahora tenemos a un niño que todavía no ha cumplido cinco años y que en sus juegos se refiere exclusivamente a asesinatos. Terrible.
Aparte de la noticia en sí, lo que ha captado de forma especial mi atención es el evidente paralelismo entre la historia de este niño y la del joven Bruce Wayne, Batman para los amigos. Al célebre personaje de la D.C. le mueve exclusivamente la venganza, motor de su lucha contra el crimen a raíz de ser testigo del asesinato de sus padres en plena calle. Todos los que leemos o hemos leído sus aventuras, siempre hemos creído y aceptado sus razones para enfundarse su siniestro traje de murciélago. De tener la pasta que Wayne recibió en herencia, también nos hubiera gustado poder convertirnos en justicieros de la noche. Y a eso voy, Sonámbulos. No quiero resultar frívolo, no con un tema tan delicado, pero imagino al hijo del portero asesinado clamando venganza por la muerte de su padre con una dramática noche de rayos y truenos como telón de fondo; puedo ver a un desorientado murciélago atravesando la ventana de la portería, dándole así al chico la idea que articulará su fría venganza; veo también al niño, ya adolescente, entrenándose por las noches en el patio trasero de la finca; finalmente, al chico delante del espejo ajustándose el traje de cuero, la máscara y el cinturón multiusos… Tengo que imaginarlo porque por fortuna estas cosas no suceden en la vida real. ¿Por qué entonces las aceptamos sin reservas en un cómic? ....

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola sonámbulo,

ante todo te felicito por la calidad del blog, que voy siguiendo regularmente. Me mola leer tus reflexiones, chico, quizás porque a veces se parecen a las mías.

en cuanto a tu comentario sobre el chico y el asesino de la baraja... yo también leí el artículo (no sé si el mismo) en la vanguardia y se me pusieron los pelos como escarpias. Ahí hay material para un buen cuento, compadre, como bien sabes.
De todas maneras, quería matizar al más puro estilo "Cliffor Crabbin". En Madrid hay murciélagos, como en todas las ciudades, pero son, también como en todas las ciudades, tan pequeños que no creo que impresionaran a nadie. Suelen medir unos cinco centímetros, y eso si les estiras las alas... aunque para muchos cinco centímetros más marcarían la diferencia. En todo caso yo veo a ése niño, y permíteme la broma (ya me conoces pero no te digo quién soy), poniéndose un disfraz de paloma para patrullar la ciudad. Que la paloma al fin y al cabo es una alimaña más de las que puebla la calle y reparte justicia indiscriminada dejando caer sobre los desprevenidos viandantes lo que ya sabemos. En fin, como dice Kiko Veneno: Superhéroes de barrio.

Yo tengo también una noticia escalofriante, a ver qué te parece: una empresa norteamericana de seguros médicos ha despedido a cuatro de sus empleados por fumar. Pero no por fuamr en el centro de trabajo, sino por ser fumadores, por fumar en su vida privada. dicen que los costes médicos de sus seguros se disparan ¿te lo puedes creer?

Ahí dejo eso, que da mucha chica.

un saludo, Monterroso, de vuestro amigo y vecino,

El ladrón de paraguas.