22 de febrero de 2005

ENTRE EL CIELO Y EL SUELO

A veces pienso que lo único por lo que merece la pena vivir son las buenas personas que encuentras a lo largo de la vida. Las hay, Sonámbulos, aunque reconozco que cada vez es más difícil dar con alguna. Cuando pienso en una buena persona, en éste caso sería más apropiado decir persona buena, pienso irremediablemente en Mossén Joaquím, alguien que incluso reflejaba y transmitía esa bondad. Él era sacerdote del Opus Dei, y aunque la señora Religión y yo jamás hicimos buenas migas (por motivos que ahora no vienen al caso), ello no fue obstáculo para mi excelente relación con Don Joaquín, que es como yo le llamaba.
Cuando le conocí hacía no demasiado que una embolia le había paralizado la mitad izquierda del cuerpo. Desde el cerebro a los pies. Viendo a Don Joaquin me di cuenta por vez primera de la fragilidad humana, y al mismo tiempo del gran poder de la voluntad (fe, la llamaba él). Ayudado de su bastón y acompañado de cerca por un ayudante personal, Ricardo (otra de esas personas buenas que aún tengo el gusto de conocer), bajaba algunas tardes hasta el vestíbulo donde trabajo como conserje. Ricardo lo sentaba con cuidado en uno de los sillones y luego se marchaba dejándonos solos. A Don Joaquín le encantaba charlar conmigo. Hablábamos de todo, últimas noticias de la prensa, mi familia, su juventud, mis planes con la que ahora es mi mujer, la vida y la muerte; él con su hablar lento y en tono bajo (como buen cura) y yo con el ímpetu provocativo y pizca insolente que proporciona la juventud. Decir que Don Joaquín era cura es quedarse corto, fue mucho más que eso. Estaba doctorado en medicina, fue campeón de salto de trampolín en los cincuenta, hablaba varios idiomas, fue una pieza clave para la introducción del Opus Dei en Austria (donde jugó como jugador de fútbol profesional), fue capellán del Barça hasta que lo echó Johan Cruyff por desconcentrar a sus jugadores, … yo le veía como una leyenda viviente, un ejemplo de vida plena para cualquiera. De acuerdo, era sacerdote, ¿y qué? nadie es perfecto, Sonámbulos.
Muchas veces se lamentaba de la progresiva perdida de su memoria, consciente de que su enfermedad y la edad estaban carcomiéndole a pasos agigantados. Pero ante todo, siempre, su fe en Dios. Esa fe era lo único que le mantenía en pie, por muy difícil que le resultara debía dar misa, debía confesar, cumplir a toda costa con sus deberes de sacerdote. El día que no pudo afrontar dichas tareas, Don Joaquín comenzó a consumirse.
Muchas veces he pensado los motivos que le impulsaban a mantener esas charlas conmigo, un ignorante espiritual que sólo entiende de tebeos y cine. Supongo que era porque le ponía al corriente de cosas actuales que él desconocía o a las que no tenía acceso, además, todo hay que decirlo, también se reía mucho en mi compañía:

- Sabe, Don Joaquín, yo sería un buen cura. En serio, lo haría estupendamente.
- ¿Tú? Pero si ni siquiera consigo que te confieses.
- Y eso que tiene que ver. Me imagino todo de negro, con mi alzacuellos y predicando tras el púlpito. Eso sí, en mi iglesia sólo entrarían feligresas, nada de hombres. “Confesadme, hermanas, vuestros pecados”. ¡Sería fantástico!
- Ay, Raúl, qué burradas dices.

(Continuará)


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