24 de febrero de 2005

ENTRE EL CIELO Y EL SUELO (2ª parte)

Son muchas las conversaciones que Don Joaquín y yo mantuvimos, trascendentales y mundanas, pero quizás la que más huella dejó en mí fue esta:

- Antes de morirme, Raúl, te veré confesado.
- Uf, yo no apostaría nada, Don Joaquín. Lo veo poco probable, imposible.
- Todo es posible.
- Entonces también lo es el que usted, un sacerdote, pueda llegar a enamorarse.
- Todo es posible, Raúl… Todo es posible.

Me quedé de piedra. Yo pensé que descartaría la idea de inmediato, e incluso que podría molestarse por mi salida, en cambio admitió una posibilidad tan remota como aquella. Esa conversación me hizo ganar más respeto aún hacia su persona. Quizás sus palabras estaban condicionadas por la enfermedad que arrastraba (a veces soltaba cosas sin sentido o poco propias de un sacerdote), pero me gusta pensar que no, que era más abierto de mente de lo que a veces mostraba. En lo que no transigía era sobre la religión católica. Para Don Joaquín ésta era la única religión, la verdadera. Yo no estaba de acuerdo y aquello significaba otro tema para polemizar con él, lo cual me encantaba.

- Entonces, Don Joaquín, ¿millones de musulmanes están equivocados? ¿Millones de budistas y adeptos a otras religiones siguen desde hace miles de años un camino que no conduce a ninguna parte? Lo siento, pero no me lo trago.
- Mi verdad es la verdad.
- Oh, claro. Y dígame, ¿Por qué motivo debería abrazar la religión católica y no otra? Sólo un motivo de peso, no le pido más.

No me supo contestar. Y dudo que alguien pueda. Recuerdo que le dije todo lo que todavía hoy pienso al respecto. No me hace falta creer en ningún dios, nadie tiene que decirme “No matarás” para saber que eso no es correcto, creo en mi familia, mujer, amigos, en la buena gente,… en gente como Mossén Joaquím.
Con el paso del tiempo la enfermedad de Don Joaquín ganaba terreno y nuestras charlas no eran tan frecuentes. Tuvo varios ingresos en el hospital y las conversaciones a media tarde se terminaron. Cuando empeoró de forma realmente preocupante (un simple resfriado hubiera acabado con su vida) le internaron en el Hospital Clínico y todo parecía indicar que no volvería a pisar su casa. Él estaba preparado para morir, me lo dijo muchas veces, de tal forma que casi parecía desearlo.
Una noche soñé con Don Joaquín. Fue una aparición tan real que me levanté sobresaltado, y mi mujer conmigo. Lucy me preguntó qué me pasaba y se lo conté. En el sueño, Don Joaquín no me hablaba ni hacía nada especial, sólo estaba allí, mirándome. No suelo soñar con curas, Sonámbulos, y nunca, que yo recuerde, me he levantado sudando en mitad de la noche. Le dije a Lucy que seguramente me sentía culpable por no haber ido a visitar a Don Joaquín al hospital. Eso tenía remedio. Al día siguiente Lucy y yo cogimos el Metro y nos fuimos al Clínico. Sabíamos la planta en la que estaba y el número de habitación, así que fuimos directos a darle una buena sorpresa. Su habitación estaba vacía, quizás se lo habían llevado para hacerle alguna prueba. Preguntamos a una enfermera y ésta nos dijo que Don Joaquín había fallecido por la madrugada.
Imaginad la cara que se nos quedó. Todo el mundo me decía que esa noche Don Joaquín había querido despedirse de mí y chorradas por el estilo, pero la verdad es que no he perdido el tiempo ahondando en ello. Así fue y así os lo he contado.
Que cada cual piense lo que quiera. Entre el suelo y el cielo sólo hay personas. No me interesa lo que hay más abajo del suelo ni lo que pueda haber más allá del cielo. Las personas, Sonámbulos, las personas buenas son lo importante.

1 comentario:

Hipocondríaca dijo...

Es increíble, a la par que maravilloso, lo cerca que nos sentimos a veces de gente tan distinta a nosotros mismos.

Es una capacidad que no mucha gente tiene, por desgracia.

^^
Saludos desde la lluviosa Valencia