4 de enero de 2005

LA MUERTE Y LAS MAGDALENAS

Ésta mañana me dirigía al trabajo como cualquier hijo de vecino. Ni siquiera mis adorados Desert Hearts sonando en el radioCD del coche aliviaban mi dolor de barriga. ¿Por qué diablos me había zampado cuatro magdalenas para desayunar en lugar de tres, como es mi costumbre? Porque soy un gula; sabía que iba a arrepentirme enseguida de engullir ese cuarto pedacito de pecado y aún así cedí a la tentación. Buf, qué retorcijones. Por fin aparqué en el garage del edificio donde curro como conserje- una tapadera como otra cualquiera, Sonámbulos- y fui enseguida a cambiarme. Justo después de repartir los periódicos y recoger la basura recibí una llamada. Se trataba de uno de los vecinos del edificio que me comunicaba la muerte de un familiar suyo y quería que le hiciese el favor de comunicarle al resto de vecinos que el entierro era ese mismo mediodía. Eran las ocho y media más o menos, cuatro horas después yo y mi dolor de barriga nos encontrábamos en el cementerio de Collserola. Apenas había gente en el velatorio, lo cual es de agradecer. Con la cara de aflicción que a todos se nos pone en estos casos hice los saludos pertinentes y pasé a "dar el último adiós" a la fallecida. Hacía años que no veía a la anciana sra. Montserrat. Y desde luego el cadáver expuesto en aquella sala no era ella. Los de la funeraria habían hecho un buen trabajo, demasiado bueno. El amasijo de arrugas que siempre habían surcado su cara brillaban ahora por su ausencia; incluso habían ocultado el único diente delantero que le quedaba y que le otorgaba a su rostro un divertido aspecto ratonil. No, aquella sra. Montserrat no tenía noventa y dos años. Me acordé de las muchas charlas intrascendentes que habíamos mantenido años atrás, cuando vivía en el edifício en el que trabajo. A raíz de su internamiento en una cárcel para ancianos, o residencia para la tercera edad, como gustéis, no volví a verla. Le preguntaba a su familia sobre su estado de salud, que, obviamente, con el paso de los años fue a peor. Y ahora estaba muerta. Yo la miraba a través de la caja de cristal y no podía dejar de pensar "¿por qué diablos me zampé cuatro malditas magdalenas en lugar de tres?".

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